La competencia entre Estados Unidos y China en inteligencia artificial (IA) va más allá de algoritmos y procesadores: se ha convertido en una lucha por controlar las reglas, la infraestructura y el futuro del mundo digital.
Así como la carrera nuclear se convirtió en el eje estratégico de la Guerra Fría, la pugna por el dominio de la IA y la computación cuántica (QC) se está transformando rápidamente en el escenario definitorio de la rivalidad entre grandes potencias del siglo XXI.
Estas capacidades dejaron de ser proyectos de investigación periféricos. Hoy están en el centro: son claves para la seguridad nacional y están destinadas a transformar la productividad económica, la efectividad militar y la influencia geopolítica.
En este contexto, el país que logre y asegure una ventaja decisiva no sólo marcará el ritmo de la próxima generación de apps, tanto civiles como militares, sino que también tendrá los medios para recalibrar el equilibrio global de poder.
Dado que la IA y la QC son tecnologías de doble uso, los avances en un área pueden rápidamente adaptarse a la otra. Esto permite desarrollar sistemas de armas más autónomos, arquitecturas de vigilancia más sofisticadas y una toma de decisiones estratégicas más rápida basada en datos.
Por ello, Washington y Beijing entienden que no pueden darse el lujo de perder esta carrera.
Para Washington, ceder liderazgo no es una opción. El consenso predominante sostiene que EE.UU. debe mantenerse a la vanguardia para proteger tanto su ventaja económica como su seguridad nacional.
Reflejando esta urgencia, el vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance, describió el desarrollo de la inteligencia artificial incluso como una “carrera armamentista” con China. Y el regreso del presidente Donald Trump a la Casa Blanca ha marcado un enfoque más agresivo en la política de IA de este país, impulsado por la agenda “Estados Unidos Primero”.
Al inicio de su segundo mandato, emitió una orden ejecutiva titulada “Eliminando barreras para el liderazgo estadounidense en inteligencia artificial”, comprometiendo explícitamente a su administración a acelerar el desarrollo de la IA con restricciones mínimas como forma para asegurar el dominio tecnológico de EE.UU.

Objetivo compartido, caminos divergentes
Si la IA se convierte en la base del poder global, la pregunta ya no es si los estados competirán por la dominancia, sino cómo lo harán y bajo qué términos.
Tanto Washington como Beijing están convencidos de que el dominio de la infraestructura de IA determinará quién establece los estándares globales, asegura los flujos de datos mundiales y controla los recursos computacionales que sostienen las finanzas, la defensa y otros sectores.
Sin embargo, divergen en métodos, principios y narrativas.
Esta lógica recuerda a la competencia nuclear de la Guerra Fría, cuando los temores de un “déficit de misiles” en comparación a la Unión Soviética aceleraron intensamente los programas estratégicos estadounidenses.
Entonces, como ahora, los responsables de política veían la victoria tecnológica como clave para sostener la supremacía global.
Para Washington, permitir que un rival —y especialmente China— controle este ámbito equivaldría a ceder una parte clave de su influencia estratégica sobre las redes y plataformas que moldean el mundo moderno.
Su recién presentado plan “Ganar la carrera de la IA. Plan de acción de Estados Unidos para la IA” abre con una declaración de intenciones muy claras: “Estados Unidos está en una carrera por lograr la dominancia global en inteligencia artificial (IA). Quien tenga el ecosistema de IA más grande establecerá los estándares globales y obtendrá amplios beneficios económicos y militares.”
De este modo, el plan —coherente con el lema “Estados Unidos Primero”— sitúa el liderazgo en inteligencia artificial como un pilar central de la seguridad nacional estadounidense.
El plan propone eliminar restricciones regulatorias internas, acelerar la innovación, expandir la capacidad de centros de datos y garantizar autosuficiencia en semiconductores. Todas medidas diseñadas para proteger la ventaja propietaria de EE.UU. y mantener su influencia geopolítica en la era de la IA.
Este enfoque se centra en el acceso controlado, restringiendo la exportación de tecnologías avanzadas de computación y fabricación de chips hacia China y compartiendo capacidades de vanguardia principalmente con “aliados de confianza”.
Este enfoque centrado en la exclusividad parte de la convicción de que proteger las ventajas propietarias es esencial para mantener la influencia comercial y la superioridad estratégica.
La estrategia de “apertura” de China
Pero Beijing respondió al plan estadounidense con uno propio que, en contraste, destaca la cooperación internacional tanto en desarrollo como en regulación.
Al advertir sobre el riesgo de que la IA se convierta en un “juego exclusivo” dominado por unas pocas naciones y empresas, China se ha presentado como defensora de la apertura de esta tecnología.
La Iniciativa Global de Gobernanza de IA de China se comprometió a expandir el desarrollo de código abierto y compartir capacidades con países en desarrollo, especialmente en el Sur Global, así como a promover la gobernanza multilateral mediante un nuevo organismo internacional con sede en Shanghái.
Estas iniciativas buscan no solo institucionalizar el liderazgo chino, sino también alinear las reglas, estándares y normas globales con sus intereses estratégicos.
Dos objetivos sustentan esta apertura:
Por un lado, al liberar modelos avanzados de código abierto, Beijing desafía el enfoque estadounidense de monetizar la IA como un producto exclusivo y de propiedad privada. Si estas plataformas abiertas logran el mismo nivel de desempeño que sus contrapartes estadounidenses, la ventaja comercial de la exclusividad —uno de los activos competitivos clave de Washington— podría reducirse significativamente.
En segundo lugar, al permitir que estos modelos sean adaptados y exportados libremente, China integra su tecnología en la infraestructura digital de economías emergentes. Esto genera dependencias a largo plazo y otorga a Beijing mayor influencia sobre estándares técnicos y marcos de gobernanza global.

¿Quién dominará la soberanía de la IA?
Los avances recientes de las empresas chinas de IA están cerrando la brecha de desempeño en este ámbito con EE.UU., planteando la posibilidad de un mundo donde la dominancia estadounidense ya no esté garantizada, y donde los modelos chinos podrían adoptarse al mismo nivel, o incluso más ampliamente, que los estadounidenses.
En tal escenario, la competencia se trasladaría de la superioridad técnica al control de estándares, ecosistemas y modelos de gobernanza en el marco de la infraestructura digital global.
Como advirtió Brad Smith, presidente de Microsoft: “El factor número uno que definirá si EE.UU. o China gana esta carrera es qué tecnología es adoptada más ampliamente en el resto del mundo. Quien llegue primero será difícil de reemplazar”.
El modelo centralizado de China, liderado por el estado, le permite movilizar recursos, alinear la industria y explotar oportunidades disruptivas mucho más rápido que el enfoque estadounidense impulsado por el sector privado. Esta agilidad podría colocar a Washington en una posición paradójica: tecnológicamente avanzado, pero estratégicamente superado.
Para las potencias medias y economías emergentes, los riesgos no son menores. Tanto Washington como Beijing exportan no solo productos, sino ecosistemas tecnológicos que conllevan influencia política.
Alinearse con una superpotencia supone riesgos de dependencia a largo plazo. Evitar ambas alternativas exigiría, en cambio, fuertes inversiones para ampliar la capacidad nacional, un camino lento y políticamente complejo.
El Plan de Acción de IA de Washington presenta implícitamente sus soluciones listas como la opción pragmática. Sin embargo, la historia muestra que depender de proveedores externos suele conllevar limitaciones estratégicas.
Por ello, el concepto de IA Soberana —la capacidad de desarrollar, desplegar y gobernar sistemas de IA propios sin depender de infraestructura extranjera— está ganando relevancia.
La IA soberana no se trata solo de orgullo tecnológico: se trata de asegurar el control sobre dónde se ejecutan las cargas de trabajo de IA, cómo se almacenan y utilizan los datos críticos, y quién tiene finalmente el poder de activar o desactivar esos sistemas.
En sectores sensibles —defensa, inteligencia, energía e infraestructura crítica— tal autonomía podría actuar como un escudo estratégico, protegiendo a los estados de coerción, espionaje o interrupciones en la cadena de suministro.
Muchos países se sienten tentados por la opción inmediata de elegir sistemas tipo “llave en mano” ofrecidos por las plataformas propietarias de Washington o las de código abierto de Beijing.
Sin embargo, ambas opciones conllevan riesgos. Las soluciones estadounidenses a menudo atan a los usuarios a ecosistemas comerciales cerrados, mientras que las ofertas chinas, aunque abiertas en forma, pueden establecer dependencias estructurales profundas y difíciles de revertir.
La verdadera pregunta no es solo qué superpotencia “ganará” la carrera de IA, sino si el resto del mundo puede reunir la capacidad —y la voluntad política— para trazar un camino independiente.
De lo contrario, la soberanía digital corre el riesgo de ser la primera víctima de la rivalidad entre las grandes potencias.